miércoles 16 de diciembre de 2009

Ciudadanos del mundo

Supongo que por nuestro reciente pasado franquista y debido a las secuelas que ello nos ha dejado, no es demasiado habitual escuchar a ciudadanos nacidos en este país lo orgullosos que se sienten de ser españoles. Es más, si eso ocurre, la mayoría tendemos a asociar a ese españolito orgulloso de serlo con algún partido de derechas e incluso de ultraderecha. Del mismo modo, esa otra frase "yo soy ciudadano del mundo" (desde mi punto de vista demasiado manida), se tiende a asociar con individios progresistas y votantes de algún partido de izquierdas, sin embargo creo que muy pocos de los que reclaman esa frase como suya, son coherentes con el contenido de la misma.
Hace unos años conocí a una persona que fue apátrida durante gran parte de su vida; ella sí era una auténtica "ciudadana del mundo". Tuvo la mala suerte de vivir las dos guerras mundiales y la guerra civil española, y fue como consecuencia de tantas guerras y tanta huida por lo que acabó viviendo en esa condición de apátrida. Cuando yo la conocí ya poseía una doble nacionalidad, española y suiza, pero aún recordaba aquellos años de no pertenecer a nada o a todo, según se mire. Ella lo contaba como años de abandono; como años de no vivir bajo el techo de un Estado protector. De ahí que cuando oigo a alguien, que sí vive bajo ese techo, ignorar o despreciar esa nacionalidad que nos viene dada, me acuerdo de ella y de su sensación de desarraigo vivida durante tantos años.
Creo que una de las características de la época que estamos viviendo es reclamar la ayuda del papá Estado cuando no somos capaces de resolver determinados problemas, muchos de ellos provocados por nuestra propia irresponsabilidad, acordarnos en ese momento de nuestro pasaporte y exigir a ese Estado, del que en muchas ocasiones renegamos, que mejore nuestra situación personal.
Los lectores habituales de este blog saben que los ciudadanos invisibles solemos ser críticos con determinados aspectos de este país, pero a su vez somos conscientes de las ventajas que conlleva tener un pasaporte con una nacionalidad perteneciente a uno de los países del "primer mundo". Gracias a esa nacionalidad nacemos con unos derechos que muchos ciudadanos de este gran mundo nunca tendrán, de ahí que desconfiemos de esa frase tan decorativa pero, desde nuestro punto de vista, tan vacía de contenido.

domingo 15 de noviembre de 2009

Gallardón, Aguirre y Zapatero, olímpicos

Ya pasó la resaca de la desilusión y ya no se habla de ello, pero hace poco más de un mes que tanto dinero y tiempo invertidos no fueron suficientes para que Madrid se convirtiera en ciudad olímpica, sin embargo, como en casi todas las situaciones de la vida, de una desilusión o un momento amargo se puede extraer alguna valoración positiva. Yo, sin dudarlo, me quedo con una: los besos de Gallardón a Aguirre, los de Aguirre a Zapatero y el abrazo de Zapatero a Gallardón. Quién sabe, puede que fueran "besos de Judas", pero ellos, durante la presentación de la candidatura olímpica de Madrid, cumplieron con su trabajo y sus responsabilidades.
No es fácil ver a representantes políticos, que permanentemente parecen estar enfrentados, moverse y actuar en una misma dirección, dejar de lado las diferencias y unir sus fuerzas para un mismo fin. El 2 de octubre, en Copenhague, los representantes de nuestro proyecto olímpico hicieron ese esfuerzo y actuaron de esa manera, de ahí que esa imagen de besos y abrazos, de unión, sea tan especial.

domingo 18 de octubre de 2009

Sorolla en El Prado

En ocasiones una exposición de pintura se puede convertir en un fenómeno de masas, en un acontecimiento de obligada asistencia, casi tan necesario como respirar, y esto es lo que ha ocurrido con la exposición de Sorolla en El Prado, de hecho su clausura se convirtió en noticia destacada de telediario, al anunciar el elevado número de visitantes. Nos decían que se había obtenido una cifra espectacular: 5.000 visitantes al día. Desde luego, una cifra impresionante.
Yo la visité una semana antes de la fecha límite y al entrar en la primera sala recibí una bofetada de rechazo que casi me hizo dar marcha atrás. No era una bofetada ocasionada por el exceso de calor o por un olor desagradable, estaba provocada precisamente por un exceso de visitantes (alguien puede pensar que esto podía ser debido a la proximidad de la fecha de clausura, pero esta sensación ya me la transmitieron unos amigos dos meses antes, por lo que no se ha tratado de un hecho aislado).
En una visita a una exposicion de la Tate Modern de Londres descubrí un sistema de organización de visitantes que me pareció bastante eficaz e ingenioso. Al comprar la entrada se te asignaba un día y una hora concretos, de manera que se distribuía equitativamente a todos los visitantes. Con este sistema se evitaban aglomeraciones en las salas. El sistema me pareció excelente. Con el tiempo lo he encontrado en otros museos, incuido El Prado.
En España somos bastante aficionados a copiar buenas ideas que funcionan bien en otros países, pero tendemos a darle nuestro toque personal, intrínseco a nuestra propia idiosincrasia. Supongo que en este caso ese toque español que echa por tierra ese buen sistema de organización consiste en dar prioridad a la cantidad frente a la calidad, siendo un ejemplo más de la mala imagen que a veces tenemos en el extranjero.
Sobre los cuadros cada uno tendrá su propia opinión, ya se sabe que sobre gustos no hay nada escrito, pero sobre la organización, el abuso que se hace sobre el visitante y la falta de comodidad y disfrute al contemplar un cuadro con diez personas alrededor de él, creo que la opinión será unánime: una auténtica chapuza.

domingo 4 de octubre de 2009

Escenas: Dos rayitas

Hace ya más de nueve meses. Era temprano. En el cuarto de baño quité el precinto y la celulosa tocó el aire. Poco después el fluido corporal, el mío, empapó esa celulosa inmaculada. No fue necesario esperar mucho tiempo. Una rayita; la primera. Y luego la segunda; la definitiva. Dos rayitas. Y como si esas rayitas encarnadas estuvieran unidas a una cuerda, mi cuerpo viajó al borde de un precipio. Alto. Con las olas del mar rompiendo a lo lejos; al final de ese precipicio desconocido.
En ese momento ya sabes que sólo hay dos caminos: tirarse, lanzarse al vacío, a la aventura, a lo desconocido; o dar media vuelta y caminar hacia atrás, hacia lo ya conocido.
La caída fue placentera; una experiencia inolvidable. Y las olas, como no podía ser de otra manera, me recibieron tranquilas; como abrazándome.

(Ya han pasado más de nueve meses y ahora una nueva ciudadana invisible está conociendo este mundo que nos rodea. Ella es la causa de esta larga, pero inevitable pausa en este blog de los ciudadanos invisibles...)

domingo 28 de junio de 2009

¿Educación, empatía, humanidad...?

1. Cerrar los ojos, como de estar dormido o parecer dormido, y no abrirlos hasta llegar a tu destino.
2. Leer: un libro, una revista, un periódico..., y no levantar la vista de las páginas hasta llegar a tu destino.
3. Jugar con el móvil, con la play..., y no levantar la vista de la pantalla hasta llegar a tu destino.
4. De repente, una vez atisbado el objetivo no deseado, bajar la mirada hacia el suelo, como en posición de rezo, y no levantar la cabeza hasta llegar a tu destino.
5. También, una vez atisbado el objetivo no deseado, girar la cabeza en dirección contraria y olvidarte de ese ángulo prohibido, y entonces poder decir aquello de: Lo siento, pero no te he visto.
6. Abrir los ojos, estar atento, ser consciente de la convivencia, de lo que significa compartir espacio y tiempo, de vivir en sociedad y, una vez atisbado el objetivo, tomar las medidas correctas: de buena educación, de empatía o de simple humanidad.

Estoy embarazada de ocho meses y desde hace al menos tres no cabe ninguna duda de que se trata de una tripa de embarazo. Cojo el metro todos los días para ir al trabajo y, desgraciadamente, me he dado de bruces con la triste realidad. Los seis comportamientos que he mencionado podrían resumir la actitud de las personas que han compartido vagón conmigo a lo largo de estos meses y, desgraciadamente de nuevo, el último comportamiento es el menos habitual.
Aún debo almacenar en mi interior un considerable nivel de ingenuidad, heredado de mi infancia y adolescencia, ya que, como he comentado anteriormente, me he dado de bruces con la cruda realidad (¡pobre de mí, que pensaba que el último de los comportamientos posibles sería el que me encontraría cada día...!).
Hasta ahora estoy teniendo un embarazo muy tranquilo, sin graves molestias ni malas noticias, por eso puede resultar fácilmente comprensible que uno de los momentos que más me altere sea aquél en que atravieso las puertas del metro para introducirme en un vagón con todos sus asientos ocupados.
No voy a dar las razones por las que considero que esa pegatina que aparece en casi todas las ventanillas del metro, en la que figura el mensaje de asiento reservado para ancianos, personas con muletas, personas con un bebé en brazos y mujeres embarazadas está totalmente justificada; aunque alguien sea incapaz de darse cuenta de una sola razón debe asumir y aceptar que se trata de una norma de convivencia y que, como tal, hay que respetar, pero a estas alturas puedo afirmar que solamente una inmensa minoría de los individuos la respetan.
Uno de esos días de asientos ocupados y de comportamientos indeseables dije en voz alta que ese tipo de situaciones representaba algo más que una falta de educación, ya que indicaba algo más grave y triste. Representaba una falta absoluta de empatía y humanidad, cualidades que, desde siempre, se han asociado con la especie humana. De ahí mi alteración y mi tristeza, mi impotencia y mi rabia. ¿Es que poco a poco estamos perdiendo esas buenas e imprescindibles cualidades, más imprescindibles aún en las grandes ciudades, donde los espacios y el tiempo se comparten con un número tan elevado de individuos? ¿Es que poco a poco va apareciendo una nueva especie, guiada por el mensaje del sálvese quien pueda y de pensar tan sólo en uno mismo y en los suyos?
Como he dicho antes, puede ser que mis niveles de ingenuidad y confianza en el ser humano me hayan llevado a este estado de incredulidad, pero la realidad es que la tristeza que siento ante estas situaciones me hace sentir fuera del espacio y el tiempo en el que vivo, como si ese espacio y ese tiempo no me pertenecieran; como si aquellos individuos que sí son conscientes de que forman parte de un todo, que no es otro que la sociedad en la que vivimos, no fueran más que elementos discordantes.
Como si se estuvieran peleando continuamente con una realidad que ya no les acoge, que ya no les admite...

viernes 29 de mayo de 2009

Milagro político

Me sorprendió en su momento (y muy gratamente, por cierto), pero en estos días de trifulca, dispustas y ataques, propios de las campañas electorales que sufrimos en este país, mi sorpresa es aún mayor.
Después de las últimas elecciones en el País Vasco tengo que reconocer que yo no fui una de esas personas que apostó por un pacto PSE-PP. Me costaba aceptar que el gobierno de Zapatero fuera a sacrificar esos apoyos puntuales, pero tan necesarios, que el PNV le ofrecía en el Congreso. En definitiva, era como sacrificar un gobierno por otro (o al menos así lo interpreté yo), pero ese sacrificio político se hizo. Ahora gobernar en el Congreso requiere más esfuerzo que antes, aunque desde mi punto de vista ha merecido la pena.
Como ya he dicho al principio, si en su momento me sorprendió esa apuesta de cambio que se hizo en el País Vasco, basada en no poco esfuerzo, buenas intenciones y buena voluntad por parte de los dos partidos no nacionalistas, ¿cómo no sorprenderme aún más en estos días?
Metafóricamente, la situación actual recuerda a la vivida por cualquier ser humano que sufra un desdoble de personalidad. El acuerdo y el nivel de convivencia a los que se ha llegado en aquella comunidad autónoma contrasta drásticamente con los reproches, ataques directos y falta de convivencia que se palpa en el resto del país entre esos dos mismos partidos.
Quizá los milagros existan (o al menos así lo he calificado yo, como milagro político), aunque quizá también pueda ser el miedo, ese sentimiento tan poderoso y capaz de llevarnos a comportamientos tan insospechados, el responsable de esa unión tan poco frecuente.
Ya se sabe, la unión hace la fuerza, y esos mismos políticos que tantas veces nos decepcionan, por fin han sido capaces de unirse. La causa lo merece (o al menos así lo veo yo).

domingo 10 de mayo de 2009

Escenas: La mujer del pianista

Hay mañanas que, a hora temprana, en ese pasillo largo que une la estación de Plaza Elíptica con el intercambiador de autobuses aún no está sentado el pianista, pero sí está su órgano eléctrico, emitiendo uno de los ritmos que más tarde acompañarán a las notas que sus dedos crearán. Una mujer aparece sentada detrás de ese piano y con un trapo suave y una ternura infinita va limpiando delicadamente las teclas blancas y negras. Cuando ya el polvo ha desaparecido, se mantiene sentada allí, cuidando el sitio y el piano. Luego llega él. Y hablan en otro idioma. Y se despiden.
Aún no sé si son pareja. Aún no sé qué les une, pero la ternura con la que ella mima esas teclas resulta difícil de olvidar...