Israel pretende justificar los muertos que ha provocado, la masacre, el gueto..., mediante la excusa perfecta, el invento del último cuarto de siglo: la lucha contra el terrorismo, la lucha por la democracia (ya nos sabemos de memoria el discurso; no es nuevo). Pues bien, el 50% del total de muertos palestinos corresponde a mujeres y niños (sobre todo estos últimos). Sabemos que las primeras, por su condición de mujer, no forman parte de ningún grupo terrorista; de los segundos, por su corta edad, podemos afirmar lo mismo. Ellos, los del ejército, los del gobierno, los que pretenden justificar lo injustificable, afirman que se trata de un error, es decir, de daños colaterales (también conocemos ese discurso...). A esta reflexión cabe añadir que tampoco ayudan demasiado los sucesivos ataques, con destrucción incluida, de varios edificios de la ONU presentes en Gaza.
Es curioso, pero en estos días me ha venido a la memoria el hecho de que el actual presidente de Israel, Shimon Peres, que apoya sin reparos este ataque masivo y abusivo, recibiera el premio Nobel de la Paz en 1994. Me imagino que, con el tiempo, también será difícil justificar aquella decisión. Queda claro que a veces el destino nos puede jugar una mala pasada...
lunes, 19 de enero de 2009
domingo, 4 de enero de 2009
Invasión en Gaza
Ya sé que son días de buenos deseos, paz y felicidad, pero Israel ha preferido ignorar esta tendencia, pillarnos a todos desprevenidos en medio de nuestro candor navideño y dar un paso más en su empeño por dominar el resto del territorio que legalmente no le pertenece.
Este artículo podría ser tan extenso como la historia de ese territorio, pero tan sólo quiero destacar algunas pequeñas reflexiones.
En nueve días de ataque, Israel ha reconocido su primer muerto en combate. En Gaza los muertos ascienden ya a 500, la mayoría civiles (incluyendo unos 75 niños), y los heridos son más de 2.300.
Los temidos cohetes palestinos han provocado en Israel 4 muertos y 40 heridos. Hasta ahora han sido 500 los cohetes lanzados desde Gaza.
Un barco libio con productos humanitarios para la población de Gaza ha sido retenido por la marina israelí. El bloqueo que Israel mantiene en la frontera con Gaza ha dejado la zona prácticamente aislada.
Bush, en sus últimos días de mandato, disculpa el ataque de Israel hacia Gaza y lo justifica como una lucha contra Hamás (Hamás fue declarada organización terrorista por la Unión Europea, Estados Unidos, Israel, Japón y Australia porque su sección armada realiza ataques, mediante atentados, contra objetivos civiles).
La historia nos ha demostrado en numerosas ocasiones que la vida humana no siempre tiene el mismo valor, que el valor de los muertos depende y mucho del lugar de nacimiento y de la posición que ese lugar ocupe dentro de la escala económica mundial.
La legalidad o reconocimiento internacional de un territorio confiere a éste el derecho a defenderse y, por lo tanto, a la posesión de un ejército. La no existencia de un estado palestino no confiere a dicho territorio ese derecho, por lo que cualquier ataque llevado a cabo hacia la población civil israelí se califica como ataque terrorista.
Sin tener en cuenta estas premisas, las conclusiones a las que podemos llegar pueden convertirse, en muchos casos, en auténticas falacias.
Este artículo podría ser tan extenso como la historia de ese territorio, pero tan sólo quiero destacar algunas pequeñas reflexiones.
En nueve días de ataque, Israel ha reconocido su primer muerto en combate. En Gaza los muertos ascienden ya a 500, la mayoría civiles (incluyendo unos 75 niños), y los heridos son más de 2.300.
Los temidos cohetes palestinos han provocado en Israel 4 muertos y 40 heridos. Hasta ahora han sido 500 los cohetes lanzados desde Gaza.
Un barco libio con productos humanitarios para la población de Gaza ha sido retenido por la marina israelí. El bloqueo que Israel mantiene en la frontera con Gaza ha dejado la zona prácticamente aislada.
Bush, en sus últimos días de mandato, disculpa el ataque de Israel hacia Gaza y lo justifica como una lucha contra Hamás (Hamás fue declarada organización terrorista por la Unión Europea, Estados Unidos, Israel, Japón y Australia porque su sección armada realiza ataques, mediante atentados, contra objetivos civiles).
La historia nos ha demostrado en numerosas ocasiones que la vida humana no siempre tiene el mismo valor, que el valor de los muertos depende y mucho del lugar de nacimiento y de la posición que ese lugar ocupe dentro de la escala económica mundial.
La legalidad o reconocimiento internacional de un territorio confiere a éste el derecho a defenderse y, por lo tanto, a la posesión de un ejército. La no existencia de un estado palestino no confiere a dicho territorio ese derecho, por lo que cualquier ataque llevado a cabo hacia la población civil israelí se califica como ataque terrorista.
Sin tener en cuenta estas premisas, las conclusiones a las que podemos llegar pueden convertirse, en muchos casos, en auténticas falacias.
domingo, 21 de diciembre de 2008
Escenas: Zapatos
Primero uno y luego otro (los zapatos). El uno que se levanta. El otro que está de pie. El uno con cara de rabia, impotencia. Indignado. El otro hablando (desde su tribuna). El uno que se lo quita y lo lanza (el zapato). El otro que lo esquiva y sonríe. El uno que se lo quita y lo lanza también (el otro; el zapato). Y el otro, con su sonrisa, también lo esquiva.
A uno le detienen. El otro, allí, con su cara (de tonto) y su sonrisa.
(Un periodista iraquí lanza sus zapatos al presidente saliente de Estados Unidos, George W. Bush, reelegido por dos veces consecutivas (a pesar de todo; a pesar de él), durante su última visita a su desaguisado particular iraquí.
En el mundo árabe esta escena representa un desprecio absoluto hacia el otro. Desde mi mirada de occidental la escena fue ridícula, patética y muy simbólica: una buena despedida para tanto trabajo mal hecho.)
A uno le detienen. El otro, allí, con su cara (de tonto) y su sonrisa.
(Un periodista iraquí lanza sus zapatos al presidente saliente de Estados Unidos, George W. Bush, reelegido por dos veces consecutivas (a pesar de todo; a pesar de él), durante su última visita a su desaguisado particular iraquí.
En el mundo árabe esta escena representa un desprecio absoluto hacia el otro. Desde mi mirada de occidental la escena fue ridícula, patética y muy simbólica: una buena despedida para tanto trabajo mal hecho.)
domingo, 7 de diciembre de 2008
G-20
Aunque en la última reunión del pasado mes de noviembre fueron 22, ya que España y Holanda consiguieron entrar dentro de ese grupo selecto de todopoderosos, la esencia es la misma. Se comportan como si fueran los elegidos, que analizan, sacan conclusiones y deciden. Y esas decisiones se aplican porque sí, porque tienen esa potestad.
En muchas ocasiones, y ésta es una de ellas, echo de menos una ONU de verdad. Hace ya varios años conocí a una mujer rusa, ya anciana, que trabajó de traductora en la ONU desde su creación. No olvidaré la ilusión con la que hablaba de aquellos comienzos y de cómo esa ilusión embargaba también a muchos que habían salido ilesos, como ella, de tres guerras: la 1ª guerra mundial, la guerra civil española y la 2ª guerra mundial. De cómo esa ilusión se adueñaba de muchos habitantes del planeta, soñando con una utopía referente a la paz mundial y a la solidaridad entre los distintos habitantes del planeta.
Estas palabras ahora nos pueden parecer ingenuas, pero ella era sincera cuando hablaba de aquellas emociones. 63 años después de su creación, esa ilusión nos parece ridícula. La ONU sigue siendo un sucedáneo de lo que debería o podría ser, ya que se quedó a medio camino de sus mejores intenciones. O quizá represente la limitación del ser humano para unirse con el prójimo. Quizá tan sólo sea eso, una utopía.
Mientras tanto se han creado otros grupos de menor calibre en cuanto al número de países implicados (el G-20 o el G-8), pero no en cuanto a la importancia de las decisiones que allí se toman.
En este momento de crisis del sistema financiero actual, ¿quién mejor que ese grupo selecto de países para decidir por todos los demás? ¿Por qué pedir un consenso a nivel mundial, con lo difícil que es eso, si tan sólo unos pocos pueden decidir por el resto?
Si esta forma de actuar la aplicáramos a otros aspectos de nuestra vida nos rasgaríamos las vestiduras. ¿Podríamos imaginar que sólo existiera derecho al voto para aquellos ciudadanos con un nivel de renta superior a la media? ¿O si en una clase de secundaria sólo pudieran elegir delegado aquellos alumnos que tuvieran un expediente superior a la media? Pues bien, así es como creo que se decide a nivel mundial.
Nosotros, en cambio, no tenemos por qué preocuparnos. Podemos estar tranquilos. Nuestro presidente, al menos esta vez, ha conseguido meterse en ese grupo selecto, teniendo así derecho a opinar y a convertirse en un elegido más...
En muchas ocasiones, y ésta es una de ellas, echo de menos una ONU de verdad. Hace ya varios años conocí a una mujer rusa, ya anciana, que trabajó de traductora en la ONU desde su creación. No olvidaré la ilusión con la que hablaba de aquellos comienzos y de cómo esa ilusión embargaba también a muchos que habían salido ilesos, como ella, de tres guerras: la 1ª guerra mundial, la guerra civil española y la 2ª guerra mundial. De cómo esa ilusión se adueñaba de muchos habitantes del planeta, soñando con una utopía referente a la paz mundial y a la solidaridad entre los distintos habitantes del planeta.
Estas palabras ahora nos pueden parecer ingenuas, pero ella era sincera cuando hablaba de aquellas emociones. 63 años después de su creación, esa ilusión nos parece ridícula. La ONU sigue siendo un sucedáneo de lo que debería o podría ser, ya que se quedó a medio camino de sus mejores intenciones. O quizá represente la limitación del ser humano para unirse con el prójimo. Quizá tan sólo sea eso, una utopía.
Mientras tanto se han creado otros grupos de menor calibre en cuanto al número de países implicados (el G-20 o el G-8), pero no en cuanto a la importancia de las decisiones que allí se toman.
En este momento de crisis del sistema financiero actual, ¿quién mejor que ese grupo selecto de países para decidir por todos los demás? ¿Por qué pedir un consenso a nivel mundial, con lo difícil que es eso, si tan sólo unos pocos pueden decidir por el resto?
Si esta forma de actuar la aplicáramos a otros aspectos de nuestra vida nos rasgaríamos las vestiduras. ¿Podríamos imaginar que sólo existiera derecho al voto para aquellos ciudadanos con un nivel de renta superior a la media? ¿O si en una clase de secundaria sólo pudieran elegir delegado aquellos alumnos que tuvieran un expediente superior a la media? Pues bien, así es como creo que se decide a nivel mundial.
Nosotros, en cambio, no tenemos por qué preocuparnos. Podemos estar tranquilos. Nuestro presidente, al menos esta vez, ha conseguido meterse en ese grupo selecto, teniendo así derecho a opinar y a convertirse en un elegido más...
domingo, 23 de noviembre de 2008
Recomendamos: Nápoles y Gomorra
La primera y única vez que visité Nápoles tuve una sensación extraña, que no he vuelto a tener en otro lugar. Evidentemente aún no había visto la reciente película Gomorra, que muestra con un realismo estremecedor la vida cotidiana de muchos de sus habitantes, por lo que mis prejuicios sobre esa ciudad eran casi inexistentes.
Visité Nápoles en verano, siguiendo un viaje en ruta por carretera que me llevó del norte al sur del país. Roma es el límite; a partir de ahí se empiezan a notar algunos cambios y según se va descendiendo, las diferencias entre el norte y el sur son de tal calibre que llegan a resultar ofensivas, aun siendo un mero turista.
En Nápoles y sus alrededores las bolsas de basura invaden parte de las aceras y calzadas, y los edificios públicos, tales como institutos o colegios, muestran tal estado de abandono que provocan desolación. Debido a que perteneció a España, el centro de la ciudad recuerda en muchos de sus edificios a la arquitectura de los siglos XVI y XVII de Madrid. Durante el día, al menos en verano, la vida hierve en sus calles. A los napolitanos les encantan los puestos de venta callejeros, provocando un continuo ir y venir de colores, voces y escenas variopintas, que tienen como escenario la calle. A pesar de su mala fama no sufrimos ningún robo (basta con pasear con la misma alerta con la que se hace en Madrid para librarte de un buen susto). Pero durante la noche todo cambia. Como si de repente existiera un toque de queda inaudible, todo ese bullicio desaparece. Y como si se trataran de ratones escondiéndose en su agujero, esos colores, voces y gentes desaparecen de pronto. Las calles se quedan vacías y, a pesar de venir de una ciudad como Madrid, se comienza a tener un sentimiento de inseguridad bastante palpable. Sin embargo, esa sensación de la que hablaba al principio del artículo no comenzó durante esas horas del crepúsculo; esa sensación comenzó antes.
Desde el primer contacto con sus calles me invadió un sentimiento de lástima. En cada nuevo rincón tenía la sensación de que esa ciudad estaba enfangada, atrapada en una invisible pero irrompible maraña que no la dejaba escapar ni despegar. Coincidí en el tren que recorre parte de la ciudad con algunos estudiantes universitarios que provocaron en mí, de nuevo, ese sentimiento. Sentía lástima por ellos, de los que suponía que deseaban escapar de dicha red pegajosa, como si se trataran de polillas pegadas a una tela de araña. Esa sensación, como ya he dicho antes, no la he tenido en otro lugar.
La película italiana Gomorra, recientemente estrenada, nos muestra la existencia de ese entramado y cómo el día a día en esa ciudad no se parece en nada al de cualquier otra perteneciente a lo que llamamos mundo civilizado. Los actores, el movimiento de cámara y los escenarios son tan de verdad que tienes la sensación de ser testigo de unas escenas nada ficticias, que podían haber sido grabadas paseando con una cámara al hombro.
Vivimos en una época llena de eufemismos (hablamos de crisis humanitaria en el Congo para hablar de centenares de miles de muertos; de daños colaterales para hablar de las muertes de civiles en cualquier guerra; y de conflicto bélico para hablar de guerras...), pues bien, en Gomorra ese disfraz hipócrita en el que estamos inmersos desaparece y esa realidad desnuda se muestra ante nuestros ojos sin edulcorar, sin vestirse de gala.
En Nápoles la Camorra controla sectores de la sociedad no solamente ilegales, como la venta de droga, sino sectores aparentemente legales, como pueden ser el sector textil, incluyendo la alta costura, o el sector de recogida y tratamiento de residuos, incluyendo los altamente tóxicos, pero las actividades correspondientes a esos sectores se llevan a cabo de manera totalmente ilegal. Y en ambos casos, la parte norte y rica del país se aprovecha de ese fango que atrapa a esa ciudad para esconder toda la mierda que allí se genera, tanto en sentido literal como metafórico.
En muchas películas que, cinematográficamente hablando, tienen más calidad que ésta, el crimen organizado se nos ha mostrado como si estuviera de nuestra parte, del lado de los buenos. En ésta no. El escritor de la novela en la cual está basada la película, con apenas 29 años, está amenazado de muerte y tiene que vivir protegido por varios policías durante las 24 horas de cada día.
Nunca olvidaré esa extraña sensación que me provocó esa bella pero inquietante ciudad, esa sensación que te hace pensar lo afortunado que eres de estar de paso, de no formar parte permanente de ese bullicio de colores y voces que envuelven las calles durante el día, ni de ese silencio escalofriante que inunda esas mismas calles de noche.
Ambas son recomendables, la ciudad y la película, y que cada uno saque sus propias conclusiones.
Visité Nápoles en verano, siguiendo un viaje en ruta por carretera que me llevó del norte al sur del país. Roma es el límite; a partir de ahí se empiezan a notar algunos cambios y según se va descendiendo, las diferencias entre el norte y el sur son de tal calibre que llegan a resultar ofensivas, aun siendo un mero turista.
En Nápoles y sus alrededores las bolsas de basura invaden parte de las aceras y calzadas, y los edificios públicos, tales como institutos o colegios, muestran tal estado de abandono que provocan desolación. Debido a que perteneció a España, el centro de la ciudad recuerda en muchos de sus edificios a la arquitectura de los siglos XVI y XVII de Madrid. Durante el día, al menos en verano, la vida hierve en sus calles. A los napolitanos les encantan los puestos de venta callejeros, provocando un continuo ir y venir de colores, voces y escenas variopintas, que tienen como escenario la calle. A pesar de su mala fama no sufrimos ningún robo (basta con pasear con la misma alerta con la que se hace en Madrid para librarte de un buen susto). Pero durante la noche todo cambia. Como si de repente existiera un toque de queda inaudible, todo ese bullicio desaparece. Y como si se trataran de ratones escondiéndose en su agujero, esos colores, voces y gentes desaparecen de pronto. Las calles se quedan vacías y, a pesar de venir de una ciudad como Madrid, se comienza a tener un sentimiento de inseguridad bastante palpable. Sin embargo, esa sensación de la que hablaba al principio del artículo no comenzó durante esas horas del crepúsculo; esa sensación comenzó antes.
Desde el primer contacto con sus calles me invadió un sentimiento de lástima. En cada nuevo rincón tenía la sensación de que esa ciudad estaba enfangada, atrapada en una invisible pero irrompible maraña que no la dejaba escapar ni despegar. Coincidí en el tren que recorre parte de la ciudad con algunos estudiantes universitarios que provocaron en mí, de nuevo, ese sentimiento. Sentía lástima por ellos, de los que suponía que deseaban escapar de dicha red pegajosa, como si se trataran de polillas pegadas a una tela de araña. Esa sensación, como ya he dicho antes, no la he tenido en otro lugar.
La película italiana Gomorra, recientemente estrenada, nos muestra la existencia de ese entramado y cómo el día a día en esa ciudad no se parece en nada al de cualquier otra perteneciente a lo que llamamos mundo civilizado. Los actores, el movimiento de cámara y los escenarios son tan de verdad que tienes la sensación de ser testigo de unas escenas nada ficticias, que podían haber sido grabadas paseando con una cámara al hombro.
Vivimos en una época llena de eufemismos (hablamos de crisis humanitaria en el Congo para hablar de centenares de miles de muertos; de daños colaterales para hablar de las muertes de civiles en cualquier guerra; y de conflicto bélico para hablar de guerras...), pues bien, en Gomorra ese disfraz hipócrita en el que estamos inmersos desaparece y esa realidad desnuda se muestra ante nuestros ojos sin edulcorar, sin vestirse de gala.
En Nápoles la Camorra controla sectores de la sociedad no solamente ilegales, como la venta de droga, sino sectores aparentemente legales, como pueden ser el sector textil, incluyendo la alta costura, o el sector de recogida y tratamiento de residuos, incluyendo los altamente tóxicos, pero las actividades correspondientes a esos sectores se llevan a cabo de manera totalmente ilegal. Y en ambos casos, la parte norte y rica del país se aprovecha de ese fango que atrapa a esa ciudad para esconder toda la mierda que allí se genera, tanto en sentido literal como metafórico.
En muchas películas que, cinematográficamente hablando, tienen más calidad que ésta, el crimen organizado se nos ha mostrado como si estuviera de nuestra parte, del lado de los buenos. En ésta no. El escritor de la novela en la cual está basada la película, con apenas 29 años, está amenazado de muerte y tiene que vivir protegido por varios policías durante las 24 horas de cada día.
Nunca olvidaré esa extraña sensación que me provocó esa bella pero inquietante ciudad, esa sensación que te hace pensar lo afortunado que eres de estar de paso, de no formar parte permanente de ese bullicio de colores y voces que envuelven las calles durante el día, ni de ese silencio escalofriante que inunda esas mismas calles de noche.
Ambas son recomendables, la ciudad y la película, y que cada uno saque sus propias conclusiones.
miércoles, 5 de noviembre de 2008
Si Rosa Parks levantase la cabeza...
...se moriría de alegría.
En 1955 una mujer negra, Rosa Parks, no se levantó del asiento del autobús en el que viajaba. Según la ley vigente en Alabama, al sur de Estados Unidos, las personas negras debían ceder el asiento en la zona del autobús reservada a la población blanca. Este hecho desencadenó la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, liderada a continuación por Martin Luther King. Cincuenta y tres años después un hombre negro va a gobernar ese mismo país.
Ese país que es capaz de lo mejor y de lo peor, esta vez nos ha sorprendido a todos y nos ha dado una buena noticia.
Aún no sabemos si el contenido de los discursos emitidos por Obama durante la larga campaña electoral se materializará o se quedará en el olvido (poner en práctica el diálogo y la diplomacia con eternos enemigos, como Rusia o Irán; universalizar la sanidad en un país donde este derecho no existe como tal; o buscar una solución para Palestina); aún tendremos que esperar, pero lo que sí sabemos es que estamos viviendo un momento histórico.
Con frecuencia determinadas expresiones, debido a su uso fácil y a veces indebido, pierden su significado original, pero esta vez considero que es la expresión adecuada. O al menos así lo siento yo, que el de hoy es un momento histórico.
En 1955 una mujer negra, Rosa Parks, no se levantó del asiento del autobús en el que viajaba. Según la ley vigente en Alabama, al sur de Estados Unidos, las personas negras debían ceder el asiento en la zona del autobús reservada a la población blanca. Este hecho desencadenó la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, liderada a continuación por Martin Luther King. Cincuenta y tres años después un hombre negro va a gobernar ese mismo país.
Ese país que es capaz de lo mejor y de lo peor, esta vez nos ha sorprendido a todos y nos ha dado una buena noticia.
Aún no sabemos si el contenido de los discursos emitidos por Obama durante la larga campaña electoral se materializará o se quedará en el olvido (poner en práctica el diálogo y la diplomacia con eternos enemigos, como Rusia o Irán; universalizar la sanidad en un país donde este derecho no existe como tal; o buscar una solución para Palestina); aún tendremos que esperar, pero lo que sí sabemos es que estamos viviendo un momento histórico.
Con frecuencia determinadas expresiones, debido a su uso fácil y a veces indebido, pierden su significado original, pero esta vez considero que es la expresión adecuada. O al menos así lo siento yo, que el de hoy es un momento histórico.
lunes, 27 de octubre de 2008
Recomendamos: Ron Lalá
Un nuevo cóctel (aunque no tan nuevo; surgió en 1996). Ingredientes: humor, teatro y música en directo. En su justa medida. De manera que deja tan buen sabor de boca, que deseas probar más.
Este grupo de actores, músicos, compositores, cantantes y escritores, y además jóvenes, desbordan talento por los cuatro costados. La inteligencia y el ingenio de los textos no pasan desapercibidos, así como su humor desbordante. Los ritmos se suceden a lo largo del espectáculo: rumba, samba, tango y bulerías, entre otros. Y todo ello sin derrochar en medios, sin apabullar. Tan sólo su talento.
Su nuevo espectáculo, Mundo y final, se puede ver aún en el teatro Alfil (Madrid) hasta el 9 de Noviembre. Muy recomendable.
Este grupo de actores, músicos, compositores, cantantes y escritores, y además jóvenes, desbordan talento por los cuatro costados. La inteligencia y el ingenio de los textos no pasan desapercibidos, así como su humor desbordante. Los ritmos se suceden a lo largo del espectáculo: rumba, samba, tango y bulerías, entre otros. Y todo ello sin derrochar en medios, sin apabullar. Tan sólo su talento.
Su nuevo espectáculo, Mundo y final, se puede ver aún en el teatro Alfil (Madrid) hasta el 9 de Noviembre. Muy recomendable.
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